
Salgo de mi cueva al atardecer, como un murciélago vestido
de colores veraniegos, me subo a mi bici y salgo a pasear. La noche se presenta
fresca, y me encuentro pedaleando bajo la luz espectral amarilla de las farolas
y entre una espesa bruma que me resulta familiar, como sacada de uno de mis
sueños, me abraza, acaricia la cara y me saluda sinuosa... Y así como el que
cruza un portal eterice, salgo de mi realidad por unos instantes y me encuentro
casi flotando entre esa niebla, y es como si mi bicicleta fuera a cámara lenta
y por unos momentos el tiempo se congela... Y despierto de un sueño que nunca
ha sucedido, pues no estoy durmiendo y miro a los lados de la carretera y veo a
la gente que pasea sin prisa todos en la misma dirección, como zombis en una película
de terror, solo que vestidos de domingo y bien peinados de camino al cine de
verano del parque. Alicia en el país de las maravillas... Disfruto como una
niña...
Y salgo del recinto emocionada, empapada de magia, como en
una nube y me fundo con la niebla que me espera a la salida, y vuelo sobre dos
ruedas, calle abajo al límite de la consciencia y escucho a los duendes
cuchichear abrigados por los sonidos de esta noche de verano escondidos detrás
de los árboles que me escoltan por el camino y me gustaría que este paseo
nocturno no terminara, que la calle no me llevara a casa tan pronto... Me quedaría
así, vestida de bruma horas, sintiendo el agua invisible en mi piel y soñando
despierta, pero al acercarme a las primeras casas del pueblo la niebla se
disipa me deposita al lado racional de las cosas. Es casi media noche y el
fresco invita a los vecinos a sentarse en la puerta de sus hogares haciendo
pequeños corros, una estampa pintoresca que hace que sonría por dentro, no sé
en qué otro lugar voy a ver las mismas imágenes que ahora me atrapan...
¿Dónde quedaran mis noches de verano solitarias y llenas del
embrujo de este rincón del mundo?
Esperare al viento del norte...
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